Debo admitirlo, disfruto de algunos placeres mundanos. Constituye todo un ritual que he ido perfeccionando con el tiempo, esperar la temporada de ciruelas para “echarme” literalmente en mi balcón a disfrutar de una bolsita llena con los mejores ejemplares minuciosamente seleccionados. Resulta un verdadero goce lanzar las semillas a los transeúntes que pasan por la calle de abajo mientras me desternillo de la risa cuando doy exactamente en la cabeza de los desprevenidos caminantes. Para tan importante acontecimiento dispongo de una aristocrática hamaca bordada con los más finos hilos de seda china, en cuyos bordes destacan encajes de selecto algodón suizo que la dotan de una suavidad y ergonomía excepcionales, características perfectas para reposar mi bien cuidado y moldeado cuerpo. En cierta ocasión, mientras reía insolentemente de los episodios en los que las personas comienzan a lanzar improperios al aire ante el desconocimiento del origen de las agresiones, noté que una de las semillas en cuestión rodaba de manera involuntaria por mi traquea produciéndome de inmediato una reacción nerviosa que aligeró su paso a otras partes de mi sistema digestivo. Justo cuando pensaba que el mal rato estaba pasando sentí que ésta se atoraba exactamente en el lugar donde confluyen la epiglotis con la manzana de Adán, provocándome un estancamiento absoluto del aire a mis pulmones.
Al verme en tal situación, intenté tomar el teléfono, acto totalmente estéril, debido a que el poco aire que aun permanecía en mis pulmones fue desperdiciado vilmente, ya que no era suficiente para mover mis bien desarrolladas cuerdas vocales. De inmediato supe que era hora de hacer algo por mí, de otra manera caería inconsciente en el sucio piso, y si no moría asfixiado, moriría de la infección.
Mientras intentaba expulsar la semilla atorada en mí traquea, rodeándola con mis manos y golpeando mi cabeza lo más duro que podía contra la pared pude ver mi rostro reflejado en un espejo estratégicamente ubicado en el balcón en el cual suelo acicalarme antes de salir de casa. No fue difícil distinguir un elegante color morado verdusco que se había apoderado de mi cara, un rojo intenso imprimía a mis ojos un brillo que jamás vi ni en mis mejores años de juventud.
Por un momento sentí desfallecer. La falta de oxígeno que impedía el fascinante proceso de hematosis en mis glóbulos rojos comenzaba a hacer mella en mi superdotado cerebro, que a estas alturas no era capaz de hilvanar una idea coherente. Mis perfectas manos, mis bien contorneados brazos y piernas, algunos órganos y demás desarrollados músculos de mi cuerpo comenzaron a pasmarse. Fue en ese entonces cuando mi espalda comenzaba a tomar la curvatura típica de un asfixiado, al mejor estilo del Arco del Triunfo parisiense, mientras mi rostro ya mostraba expresión de exasperante desespero. Mi yugular estaba tan inflada que parecía un trozo del mejor jamón serrano pegado a mi cuello y para que decirles que la sobria vena que regularmente atraviesa mi frente, me impedía la visión.Por fin caí inconsciente al suelo justo en el lugar más limpio del apartamento. Jamás me perdonaría ensuciar mi impecable camisa de lino, mi exclusivo pantalón Ermenegildo Zegna y mis impolutos zapatos en piel.
Aun no he despertado, no se que ha sido de mi luego de aquel instante. Lo último que recuerdo fue mi imponente caída, al mejor estilo de un jugador de béisbol de grandes ligas cuando se roba una base.
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