En líneas generales cada segundo cambia la vida. Solo un abrir y cerrar de ojos genera toda una suerte de sobre marcha capaz de girar de manera contundente la existencia de cualquiera. Cada micro cierre de mis parpados no es más que el desarrollo de toda una vida, que atenta contra los más básicos principios de continuidad y estabilidad humana.
Precisamente en este instante acaba de suceder, parpadeé pues y, hace solo un momento era pródigo de un bienestar que daba envidia. Ahora, un mili segundo después del condenado hecho una extraña sensación de soledad se ha apoderado de mí al no poder encontrar los recuerdos que dejé hace tan poco encima de la mesa del centro. Estaban metidos en una cajita de zapatos, había espacio para todos, por lo que no entiendo la razón por la cual se escaparon por el pequeño orificio que hice para que respiraran. Esto comenzó con un chocante cosquilleo en mis pies y fue lenta pero inexorablemente a todo mi cuerpo, generando inmediatamente una reacción de rechazo por parte de mis dendritas, quienes en un noble acto de fidelidad, impidieron que tal situación se apoderara de mi cerebro.
Aprovechándose del momento, vagos recuerdos dedicados a recoger latas dentro de mi alma, intentaron hacer suyos mis sentimientos para ahogarlos en las aguas de la soledad, valiéndose de artimañas que yo mismo les había enseñado. Soy victima de mis propias malas costumbres. Mis órganos, células, glóbulos blancos y rojos, uñas y hasta mi cabello han organizado secretas reuniones mientras duermo para establecer estrategias de ataque contra mí, en reclamo a mis constantes abusos de vida.
Anoche, en uno de mis habituales ataques de insomnio, y mientras parpadeaba sin cesar en busca de no perder la cuenta de las ovejas que contaba, los descubrí lápiz y papel en mano, haciendo trazos sin sentido y extrañas figuras que supuse de inmediato representaban cada uno de mis puntos débiles.
Todos, sin excepción, mostraban una sádica risa típica de los desquiciados cuando planifican su próximo golpe; incluso me pareció ver algunas gotas de sudor en sus frentes mientras continuaban rayando sin cesar montando el más cruento ataque del que organismo alguno haya sido victima.
Próximo parpadeo: mi hígado se está agarrando a patadas con el páncreas y los intestinos les están haciendo barra. Los riñones se salen de las fosas lumbares, detrás del peritoneo, para montar tienda aparte y diseñar otra sádica estrategia. Afortunadamente sus ataques son repelidos por las cinco vértebras lumbares de la columna, en un intento por salvaguardar su integridad.
Siguiente parpadeo: logro ver con extraordinaria claridad como los glóbulos rojos intentan sellar los alvéolos pulmonares en busca de interrumpir el flujo de oxigeno a mi torrente sanguíneo. Comienzo a ponerme morado.
Inmediatamente el diafragma enfrenta la situación arqueándose violentamente obligando a la pared abdominal, las costillas inferiores, el esternón y el pericardio a desistir de su cómodo letargo de simples espectadores.
El más encolerizado de todos, sin duda, es mi estomago. Allí estaba, imponente como siempre, con sus aires de grandeza y delirios de nobleza. En su molestia frunce el ceño y aguanta la respiración para provocar una inusual segregación de ácidos gástricos, origen de mi constante acidez y motivo principal de mi falta de sueño.
Otro milisegundo: Afuera no todo es color de rosa; mi cabello comienza a ensortijarse y a crecer de una manera abrupta, intentando enredarse en mis dedos, en procura de neutralizar cualquier acción que con mis manos pudiera llevar a cabo. Dichosamente logro zafarme, tomando inmediatamente un tubo de pega loca consiguiendo aplicar una acertada gota del potente pegamento en cada uno de mis parpados a fin de acabar con tan cruel acontecimiento.
Ahora estoy tranquilo. La oscuridad es mi día a día, pero al fin conquisté la paz que mi alma reclamaba. El tiempo pasa insalvable, ya sin las atroces consecuencias con las cuales no aprendí a vivir.
Intento una nueva forma de vida, confiando en la increíble capacidad de adaptación del cuerpo humano, sin embargo no deja de angustiarme el momento en el que algún indiscreto rayo de luz se deje colar por entre los bordes de mis ojos, obligándome a parpadear.
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