“Crece el bigote, crecen las responsabilidades”, así le oí cantar a Rubén Blades años atrás en plena época de mi pubertad. Ni se imaginaba el juglar panameño el impacto que tendría esa infeliz frase en un carricito ansioso por usar afeitadora para sentirse grande y con derecho a reírse de los fulanos cartelitos en los cuales la minoría de edad era un delito.
Desde ese momento no hubo día en que no asomara mi cara al espejo en busca de un indiscreto vello que delatara el fin de mi inocencia infantil. Pues bien, en vista de que nada ocurría decidí hacer sentir mi rechazo ante aquel descuido de la naturaleza olvidándose de poner pelo en mi cara y otras partes del cuerpo, convirtiéndome en practicante de la apatía, esclavo de la nada y fiel seguidor del antiparabolismo. Era inútil… el destino se planteaba lampiño.
Por aquellos años conocí el tricófero de Barry y otras pócimas que solo provocarían una inusual alergia en todo mi rostro como resultado de exageradas cantidades que me aplicaba en busca de un efecto inmediato. Apenas desaparecieron los últimos rosetones de mi cara comencé una casi nunca vista etapa de desinterés a todo lo que me rodeaba. Inicialmente deje de hacer la cama y recoger mi ropa del baño, hecho este que fue catalogado por mis padres como una “muchachada típica de la edad”. Necesitaba hacerles ver que mi protesta era cierta y que no descansaría hasta ver un oscuro rastro bajo mi nariz. Obvié las duchas, cepillarme los dientes y hasta las tareas, dando como resultado extensas sesiones en un diván del médico de la familia en busca de la razón de mi imprudente comportamiento.
Ante la insistencia de mis progenitores en darle solución a todo decidí emprender desafíos mucho más grandes y no menos riesgosos. A los pocos días era el fiel ejemplo del sinvergüenza total. Algunos meses más tarde recuerdo haber dejado abandonada a mi hermana menor en no sé donde, por el simple hecho de no tener la responsabilidad de cuidarla. No cerraba las llaves del lavamanos, no bajaba la poceta, no daba recados, no movía un dedo para ordenar el caos en que se había convertido mi cuarto, ni hacia nada que implicara responsabilidad alguna y, por sobre todas las cosas, no dejaba de mirarme al espejo.
Cada negativa de mi bozo a dejar ver una minúscula hebra de color negro era un desafío a mi capacidad de resistencia. Todo lo anterior se vería acentuado cuando mis vecinos y algunos compañeros de juego empezaron a mostrar orgullosos sus más preciados trofeos: ¡los cañones! Aquello debía ser compensado con algo tan contundente que permitiera que casi no se notara la ausencia total de vellosidad en mi rostro. Fue entonces cuando volví a escuchar al Blades. Decidí ponerme un diente de oro y sacar a flote el Pedro Navaja que todos llevamos por dentro. Otra vez el Rubencito enredaba las vainas. Imaginaba al misterioso personaje caminar por la esquina del viejo barrio e imitaba el tumbao que tienen los guapos al caminar. No faltó la extraña desaparición de los lentes oscuros de mi hermano mayor y creerme el malo de la cuadra para terminar inmerso en una dramática pelea con un camaradita que daría por terminada mi época de gigoló.
Algún tiempo después, ya con algunos semestres aprobados en la Maestra Vida, afortunadamente escuché El Gran Varón de el Colón cuando mis convicciones y preferencias estaban consolidadas. He conocido a una que otra Ligia Elena y me ha tocado hacer de trompetista, para terminar siempre Buscando una Guayaba que detenga mi caminar. Ya a estas alturas, resignado a no tener bigotes, sigo en espera de la próxima letra que marque el rumbo de mi vida.
Afortunadamente el panameño no hace rock and roll, no vaya a ser que termine mordiendo gatos u odiando a mis padres.
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